En 1975 el ya fallecido Paul Bartel, apadrinado por el todoterreno Roger Corman alumbró La Carrera de la Muerte del Año 2000, película de la que ya hablé en su momento y que Hollywood, en su carrera por hacer remakes de todas las películas existentes se puso manos a la obra para actualizarla de la mano de uno de los directores más irregulares y prolíficos, Paul W. S. Anderson.
Esta Death Race, que nada mas toma el título y una pequeña inspiración, además de algún personaje, está ambientada en una carcel, privatizadas después de una crisis económica sin parangón en los Estados Unidos, a donde va a parar Jensen Ames (el ubicuo Jason Statham) tras ser encarcelado (injustamente) por el asesinato de su esposa, allí se verá obligado a competir en la carrera mortal sustituyendo a Frankenstein, el fallecido campeón de cuatro ediciones (el corredor que gane cinco consigue la libertad) contra rivales como Machine Gun Joe Mason (en este caso afroamericano en vez de italoamericano, los tiempo cambian) para poder recuperar a su hija.
En si, esta película no pasa del entretenimiento, siendo, a pesar de su violencia bastante más mansa podríamos decir que su precedente, gamberra y crítica, y en plena vorágine de los setenta políticamente incorrecta, con un Jason Statham peligrosamente encasillado en el cine de acción, con Joan Allen poniendo la mano para recoger el cheque y a un Ian McShane al que le han hecho una buena faena al cancelar Deadwood. Cualquier otra lectura que se le saque al film está fuera de lugar, con un desenlace bastante flojo, sobre todo en lo que respecta al destino final de la alcaide y el malísimo de su ayudante, dos de los personajes mas inútiles vistos en una pantalla en los últimos tiempos.
Para continuar, esta vez en formato doméstico, con una producción de Anderson, la tercera parte de Resident Evil, guionizada por el susodicho y dirigida por Russel Mulcahy, paradigma del director que va destrozando su carrera paso a paso como si fuera una colección de fasciculos y que aquí sorprendentemente no destaca para mal, aunque el tema también sería que no destaca para bien tampoco, así que...
Ambientada un tiempo después de la segunda parte, en esta Alice vaga con moto por las carreteras del desolado país en que se ha convertido Estados Unidos huyendo de la Corporación Umbrella y del maligno Doctor Isaacs (Iain Glen), empeñado en clonarla, hasta que se topa con su ex-aliado Carlos Olivera (Oded Faher) y el grupo con el que este va y que irá mermando poco a poco por diferentes circunstancias. Resident Evil fue una interesante película que adaptaba el popular videojuego y que fue dirigida en 2002 por Paul W. S. Anderson y que se alejaba bastante en calidad de las típicas adaptaciones, hecho que fue degenerando en la segunda parte, mucho menos lograda hasta confluir en esta tercera, ya producto barato que aprovecha ideas de otras películas como Mad Max o Terminator, plagiada insistentemente en la banda sonora, o incluso de la propia saga, de nuevo el ataque de los perros zombies, situación que a la segunda vez vista tiene menos gracia, con situaciones esperpénticas, sobre todo las relacionadas con los zombis con mono, y con unos personajes más planos que una pizarra, destacando para mal al presidente de Umbrella, sosias de Iggy Pop.
En fin, solo puedo esperar que algún día Paul W. S. Anderson deje de realizar estas películas digamos menos interesantes y nos ofrezca un producto con la calidad que prometía en Horizonte final, esplendido film que dejó tan buen sabor de boca en el que esto escribe.
Esta Death Race, que nada mas toma el título y una pequeña inspiración, además de algún personaje, está ambientada en una carcel, privatizadas después de una crisis económica sin parangón en los Estados Unidos, a donde va a parar Jensen Ames (el ubicuo Jason Statham) tras ser encarcelado (injustamente) por el asesinato de su esposa, allí se verá obligado a competir en la carrera mortal sustituyendo a Frankenstein, el fallecido campeón de cuatro ediciones (el corredor que gane cinco consigue la libertad) contra rivales como Machine Gun Joe Mason (en este caso afroamericano en vez de italoamericano, los tiempo cambian) para poder recuperar a su hija.
En si, esta película no pasa del entretenimiento, siendo, a pesar de su violencia bastante más mansa podríamos decir que su precedente, gamberra y crítica, y en plena vorágine de los setenta políticamente incorrecta, con un Jason Statham peligrosamente encasillado en el cine de acción, con Joan Allen poniendo la mano para recoger el cheque y a un Ian McShane al que le han hecho una buena faena al cancelar Deadwood. Cualquier otra lectura que se le saque al film está fuera de lugar, con un desenlace bastante flojo, sobre todo en lo que respecta al destino final de la alcaide y el malísimo de su ayudante, dos de los personajes mas inútiles vistos en una pantalla en los últimos tiempos.
Para continuar, esta vez en formato doméstico, con una producción de Anderson, la tercera parte de Resident Evil, guionizada por el susodicho y dirigida por Russel Mulcahy, paradigma del director que va destrozando su carrera paso a paso como si fuera una colección de fasciculos y que aquí sorprendentemente no destaca para mal, aunque el tema también sería que no destaca para bien tampoco, así que...
Ambientada un tiempo después de la segunda parte, en esta Alice vaga con moto por las carreteras del desolado país en que se ha convertido Estados Unidos huyendo de la Corporación Umbrella y del maligno Doctor Isaacs (Iain Glen), empeñado en clonarla, hasta que se topa con su ex-aliado Carlos Olivera (Oded Faher) y el grupo con el que este va y que irá mermando poco a poco por diferentes circunstancias. Resident Evil fue una interesante película que adaptaba el popular videojuego y que fue dirigida en 2002 por Paul W. S. Anderson y que se alejaba bastante en calidad de las típicas adaptaciones, hecho que fue degenerando en la segunda parte, mucho menos lograda hasta confluir en esta tercera, ya producto barato que aprovecha ideas de otras películas como Mad Max o Terminator, plagiada insistentemente en la banda sonora, o incluso de la propia saga, de nuevo el ataque de los perros zombies, situación que a la segunda vez vista tiene menos gracia, con situaciones esperpénticas, sobre todo las relacionadas con los zombis con mono, y con unos personajes más planos que una pizarra, destacando para mal al presidente de Umbrella, sosias de Iggy Pop.
En fin, solo puedo esperar que algún día Paul W. S. Anderson deje de realizar estas películas digamos menos interesantes y nos ofrezca un producto con la calidad que prometía en Horizonte final, esplendido film que dejó tan buen sabor de boca en el que esto escribe.


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